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domingo, 13 de marzo de 2011

Frase XIX: Triste Mundo




"¿Qué clase de mundo es éste que se puede mandar máquinas a Marte y no hace nada para detener el asesinato de un ser humano?"

   José Saramago (1922-2010)









Dedicada a los afectados por la tragedia de Japon. 

jueves, 20 de enero de 2011

Frase XIII: Humor y lagrimas



"El humor es la gran coraza con la que uno se defiende en este valle de lágrimas."

   Camilo José Cela (1916-2002).

lunes, 6 de diciembre de 2010

La Sombra del Espejo (I)

Era de dia cuando desperté. Mi cabeza me dolia como si el cielo hubiese caido sobre mí.

No sabia donde estaba, miré a mi alrededor pero no reconocia nada.
 
Habia arboles por todos lados, por lo que debia de estar en un bosque. El suelo se hallaba plagado de hojas que el viento se encargaba de repartir a su antojo por el terreno cobrizo con su frio aliento, el cual me hacia temblar.

Mis ropas parecian dañadas. Llevaba un jersey marron con la manga izquierda rasgada. Los pantalones parecian ser unos vaqueros azules y digo parecian porque, ademas de estar tambien rotos, los tenia manchados de blanco por todas partes. Quizas fuese pintura, pero al tocarlos no reconocí el tacto. El calzado estaba irreconocible. Unas botas negras rotas por todos sitios.

Debia salir de ahi, instintivamente sabia que era imposible que sobreviviese mucho tiempo en esas condiciones. Y la maldita cabeza no dejaba de molestar.

Me encaminé en la primera direccion que se me ocurrió. No se cuanto tiempo anduve, me parecieron años pero cuando el sol ya empezaba a ocultarse conseguí alcanzar lo que parecia la linde del bosque.

Desde mi situacion podia ver unas colinas rocosas sobre el bosque del que acababa de salir. Mas abajo habia un pequeño pueblo. Las casas parecian del siglo pasado, aunque algunas eran obviamente nuevas.

Decidí encaminarme a él por una senda cercana. Necesitaba un lugar donde pasar la noche, ya arreglaria el asunto de la ropa mañana.

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Estaba llegando cuando sentí que las fuerzas me fallaban. Cai al suelo como un fardo. El cuerpo me dolia por el golpe, pero eso no me impidión sentir un rugido en el estomago. No sabia cuanto tiempo llevaba sin comer. Queria concentrarme en caminar pero el cuerpo no me respondia...

De pronto oí a alguien de gritar:

-" ¡Hola!¿Se encuentra bien?".

Levanté la cabeza y observé una figura borrosa que se acercaba a mi. Cuando se hallaba a dos pasos de mí me di cuenta de que era una mujer.

-"¿Se encuentra bien?"- Volvio a repetirme. -

Queria hablar, pero ni para eso tenia fuerzas. Ella me acercó una botella y me hizo de beber algo.

Me fijé en ella. Sus manos eran suaves. El pelo era de un tono pelirrojo y largo, lo llevaba recogido en una coleta que le caia sobre el hombro. Llevaba una camisa blanca. Por un momento desee estar en el cielo.

Lo que me dió me devolvió algo de fuerza. Apenas notaba ya el dolor en la cabeza. Intente levantarme y consegui ponerme de rodillas.

-"Gra..Gracias"-Alcancé a decir.

-"¿Se puede saber quien eres y de donde vienes con esas ropas?"- Inquirió, entre alarmada y preocupada.-

-"Yo... "-La cabeza volvia a dolerme - "Yo...Yo no... ¡No puedo recordar nada!".

jueves, 18 de noviembre de 2010

Greguerías - Ramón Gómez de la Serna

Las greguerías son textos breves semejantes a aforismos, que generalmente constan de una sola frase expresada en una sola línea, y que expresan, de forma aguda y original, pensamientos filosóficos, humorísticos, pragmáticos, líricos, o de cualquier otra índole.
  • Somos lazarillos de nuestros sueños
  • Un tumulto es un bulto que les suele salir a las multitudes
  • La tortícolis del ahorcado es incurable
  • El escritor quiere escribir su mentira y escribe su verdad
  • Es difícil determinar cuando acaba una generación y comienza otra. Diríamos más o menos que es a las nueve de la noche
  • Si no fuesemos mortales no podríamos llorar
  • Tenía tan mala memoria que se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo
  • El epitafio es la última tarjeta de visita que se hace el hombre
  • Amor es despertar a una mujer y que no se indigne
  • El capitalista es un señor que al hablar con vosotros se queda con vuestras cerillas

    domingo, 17 de octubre de 2010

    Todo es una ilusion...

    [Extracto de El Fin de Mr.Y]

    [...]
    - Entonces, ¿tú puedes opinar sobre el creacionismo, por ejemplo, o sobre la existencia o inexistencia de Dios, pero yo no puedo decir que que el universo nació como un punto increíblemente pequeño de la nada o que simplemente explotó?

    - Vale, reconozco que lo de los principios es un poco rocambolesco - dice Heather. (...)Pero sigo sin entender por qué no aceptas el hecho científico.

    - "Hecho" es una palabra. La ciencia es un conjunto de palabras. Intuyo que la verdad existe más allá del lenguaje y de lo que denominamos "realidad". Si es que existe, claro. (...) Todo es una ilusión - explica Adam - Los mitos de la creación, la religión, la ciencia. Nos decimos a nosotros mismos cómo funciona el tiempo; y así , por ejemplo, podemos imaginar que rebobinamos la cinta del universo hacia atrás creyendo que en esa porción de tiempo se halla lo que llamamos "ayer", pero el ayer sólo existe porque nosotros lo inventamos, no es real. No puedes demostrarme que ayer existió. Todo lo que creemos no es más que una ficción, una historia.[...]

    sábado, 9 de octubre de 2010

    El fin de Mr. Y



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    Comenzamos con una premisa sencilla, una pregunta....

    Si supieras que un libro está maldito... ¿¿lo leerías?? Esa pregunta es la excusa que la profesora de Literatura Inglesa y Escritura Creativa de la Universidad de Kent, Scarlett Thomas, nacida en 1972, utiliza para trasladarnos a través de las páginas de “El Fin de Mr. Y” a una vorágine de ciencia y literatura ancladas en el siglo XIX.

    Este es un libro recomendable, intenso y muy entretenido, cosas que no están para nada reñidas y que hará las delicias de los aficionados a la ciencia ficción más light, a la literatura, a la pseudociencia y a las teorías extrañas.

    El tomo llama la atención desde lejos, centrando la vista en una lámpara de gas típica del siglo XIX a través de una espiral de símbolos y colores cálidos. Enroscándose alrededor, las palabras del título explotan de repente en la cabeza, mostrándose finalmente un juego de palabras velado que no revelaré aquí (pero que es sumamente sencillo, sobre todo dada la fonética castellana). Tras la lectura, se extraña el juego que podría haber dado un diseño de edición más cercano al del propio “El Fin de Mr. Y”, jugando de esa forma el juego que nos propone la autora de literatura dentro de la literatura.


    Porque “El Fin de Mr. Y” es a su vez el título de cierto libro, como era de esperar maldito, alrededor del que gira la novela. El (ficticio) escritor Thomas Lumas, coetáneo del siglo XIX, escribió numerosos escritos que se relacionaban estrechamente con las teorías científicas de su época, acercándose más a la visión romántica y literaria que al frío método científico que nos ampara ahora. Su última novela, de la que, se dice, sólo queda un ejemplar (guardado en una caja fuerte alemana), obra como misterioso necronomicón y codiciado códice para los pocos que conocen la obra de este autor, un libro que trajo la muerte a todos los que con él se relacionaron. Curiosamente la autora se atreve a escribir fragmentos del propio libro, cosa arriesgada siempre, con suficiente buen hacer como para cambiar, durante esos momentos, el tono de la narración, y parecer realmente una novela escrita en el siglo XIX.

    Desde el principio nos sorprende el estilo escogido para la narración. Ariel Manto, la protagonista de la historia, nos narra en presente los sucesos que la zarandean, atada como está a la figura de Lumas. Este estilo, que al principio produce extrañeza, pronto se descubre como un recurso que dota de una agilidad enorme al relato, y que le permite manejar con maestría los múltiples flashbacks en los que se descompone la vida de Ariel. Además tiene un sentido propio y profundo, que no quiero revelar, pero sí encriptar. Y es que el libro es una pédesis en la mente de Ariel, en la que acompañamos a la autora (fuerza motriz de dicha pédesis), que selecciona para nosotros los recuerdos más importantes para dar explicación a los hechos. Cuando comprendáis el sentido que tiene en la novela el término de pédesis comprenderéis a qué me refiero, y la astucia de la autora al usar la narración del presente sin explicar por qué, esperando que nosotros descubramos esa razón.

    En cuanto a ella, a Ariel Manto, es un personaje interesante y carismático, una criatura adicta a todo lo que puede ser adicta, desde el tabaco y el café hasta al propio dolor. Su terrible infancia, a la que accederemos con su permiso (aparentemente), le marca y transforma en un ser huidizo y temeroso, cual ratón humano. Y es que los ratones son importantes. Debido a una serie de casualidades, en las que el azar no tiene tanto que hacer como a priori se presenta, Ariel Manto acaba teniendo en sus manos un ejemplar del citado libro maldito, momento que es motor indiscutible de la novela, y que alterará para siempre no solo su vida, sino su concepto del Universo, la materia y los seres que la rodean.

    El carácter del libro es profundamente mutante. Abro un inciso sobre este tema, ¿habéis intentado atrapar algún dios marino? Yo no, pero hay suficiente literatura como para conocer el método. Estos dioses son metamórficos, y ante cualquiera que intente apresarlos o molestarles, por mero reflejo intentan transformarse en cosas peligrosas para alejarlos. El método para capturarlos es atraparlos con fuerza, y, a pesar de que muten, no soltarlos. También ese es el método para leer “El Fin de Mr. Y”. Porque el comienzo del libro, en el que se nos presenta un ambiente relajado, distendido, universitario y tristemente realista, lleno de tazas de café y humo de tabaco, y de conversaciones presentes y pasadas; se rompe por completo al saltar a la siguiente parte, en la que una ciencia ficción filosófica se asienta, cual metáfora de videojuego on-line, y establece a su vez una serie de parámetros para, en el siguiente salto, volver a romperlos. Todo transcurre con una agilidad narrativa que engancha al lector, y lo traslada a través de los cambios, en los que podremos descubrir todos los secretos que la autora nos ha ido guardando. Tanto cambio puede marear, puede hacernos querer soltar el libro, pero mi consejo es mantenerlo bien agarrado, porque, como ocurría con los dioses marinos, aguantar merece la pena.

    Finalmente reseñar la gran habilidad de la autora, su enorme cultura e inteligencia, que se demuestran no al escribir un ensayo complejo e intrincado, en el que el profano se pierde entre referencias vacías y fórmulas sin sentido; sino, precisamente, en la expresión de los grandes paradigmas de la física y la ciencia de finales del siglo XIX y principios del XX, desde la teoría del éter lumínico hasta el colapso de función de onda, con suficiente habilidad como para ser comprensible por gente procedente de cualquier rama cultural. No en vano la protagonista es una estudiante de literatura fascinada por la física.

    “El Fin de Mr. Y” es un libro recomendable, intenso y muy entretenido, cosas que no están para nada reñidas, que hará las delicias de los aficionados a la ciencia ficción más light, a la literatura, a la pseudociencia y a las teorías extrañas; y Scarlett Thomas merece ser tenida en cuenta en el futuro. Ya sólo queda una cosa por hacer, y es que la pregunta con la que se inició todo no parece del todo correcta, así pues, es mejor reformularla.

    Si supieras que un libro está maldito ¿acaso no lo leerías?


    Fuente: http://www.fantasymundo.com/articulos/1768/fin_mr_scarlett_thomas